El Mensaje en la Botella
Estoy cumpliendo cinco días en esta isla solitaria, soy el único sobreviviente
de un accidente aéreo y mis necesidades básicas ya están satisfechas. Ya
solucioné el problema del agua, del alimento, el abrigo y la habitación, mis
heridas están sanando bien y ahora debo ocuparme de facilitar mi rescate. Tengo
una fogata lista para ser encendida cuando divise el primer avión que venga a
buscarme.
Afortunadamente mi desaparición no preocupa a nadie. Nadie me despidió del
aeropuerto de salida ni nadie me esperaba en el aeropuerto de llegada. Nadie me
extraña en casa, ni siquiera tengo un lugar fijo de trabajo en donde alguien
pueda notar mi ausencia.
Ahora que estoy más tranquilo puedo concentrarme en las noches en el sonido del
mar y de los animales nocturnos. Es increíble cuánto tiempo hacía que no
escuchaba esta clase de sonidos, a pesar de vivir en una ciudad costera. Encendí
una fogata, y estoy cocinando un cerdo salvaje que atrapé en la tarde. No puedo
evitar el quedarme observando las llamas por horas, hasta muy entrada la noche.
Obviamente no dispongo de un televisor, ni de una radio ni de una conexión a
internet en mi isla. Esta desconexión del mundo moderno me ha permitido
redescubrir algunas capacidades de meditación que ya casi había olvidado, no me
creía capaz de mantenerme concentrado en un tema por tanto tiempo.
Alguna vez leí que todos los adelantos de nuestra vida moderna nos dejan más
tiempo libre para poder dedicarnos a las cosas que de verdad nos interesan y nos
permiten alejarnos un poco más del resto de los animales. ¡Qué mentira más
grande! Estando acá sentado frente a la fogata me doy cuenta que la mejor forma
de ser más seres humanos es acercándonos más a la vida animal, descartando todas
las distracciones a las que nos obliga la vida moderna. Mientras más animal se
hace el hombre, más humano termina siendo.
Ya han pasado varias semanas desde que ocurrió el accidente y aún no veo ningún
avión de rescate en el horizonte. Me decidí a escribir un mensaje en una
botella. Creo que las corrientes debieran llevar la botella en un par de días
hasta las costas del continente y afortunadamente dispongo de una botella grande
y de colores fuertes, que seguro llamará la atención de los bañistas o
pescadores ocasionales. Dispongo también de papel y lápiz como para escribir un
texto lo suficientemente convincente, sólo debo cuidar que mi mensaje no sea
tomado como una broma de mal gusto de algún niño malcriado. La verdad no estoy
muy seguro de lo que debe contener ese mensaje.
“A quien lea este mensaje. Mi nombre es XX y soy el único sobreviviente del
vuelo NN de línea aérea ZZ que despegó el día NN de agosto del año NNNN. Me
encuentro en una isla que, según mis cálculos, debe estar a no más de NN
kilómetros de la costa, frente a la ciudad de YY. Espero su pronta ayuda”
No quedo satisfecho, no tengo por qué escribir un telegrama y además debo
asegurarme de conseguir el interés necesario en el lector, como para que se
dirija a las autoridades. Esperaré por la inspiración de la fogata nocturna para
intentar otra vez.
Sentado otra vez frente a la fogata comienzo a meditar y recuerdo un personaje
que ya pasó por esto: Robinson Crusoe. Yo sé que su historia está ambientada
hace muchos años atrás, pero me parece que el comportamiento de este personaje
es el mismo que hoy debiera tener un hombre moderno. Comenzó a hablar solo,
comenzó a nombrar las cosas comenzó a volverse loco hasta que pudo encontrar a
otro ser humano (bueno, no sé si para el era un ser humano o un esclavo) con el
que poder intercambiar algunas ideas. La falta repentina de las distracciones de
su mundo lo obligó a crearse sus propias distracciones. ¿Por qué Robinson no
pudo soportarse a sí mismo? ¿Me va a ocurrir lo mismo a mí? No lo creo, me estoy
reencontrando con un yo que había olvidado hace tiempo, y me estoy gustando.
Tomo el lápiz y comienzo a escribir:
“A quien corresponda. Soy un hombre perdido en una isla. La inhabilidad de un
piloto me tiene encerrado a NN kilómetros de tu ciudad y espero que le avises a
alguien para que me venga a rescatar.
Isla de XX, entre el NN y el MM de agosto del año NNNN”
Tengo sólo una botella que me puede servir para enviar el mensaje y, después de
leer lo escrito, prefiero no malgastarla. Voy a postergar el envío del mensaje
hasta poder escribir algo mejor.
Hoy fui de caza nuevamente y aproveché de almacenar la grasa animal para
acelerar el encendido de la fogata cuando escuche el primer avión acercándose.
Tengo también disponibles hojas verdes para provocar una columna de humo que se
vea desde una altura de vuelo considerable. Ya estoy frente a las llamas de mi
fogata personal y puedo comenzar mis reflexiones nocturnas.
¿Por qué no hay nadie preocupándose por mí en este momento en alguna ciudad del
mundo civilizado? Siempre he sido un hombre sociable, salía a reuniones con
amigos casi todos los fines de semana. Seguramente ellos están pensando que me
cambié a otra ciudad y no les avisé, no sería la primera vez que lo hago. Está
bien, no eran realmente amigos, eran sólo compañeros de fin de semana. Lo mismo
me ocurría con las mujeres, nunca encontré alguna que me provocara llamarla dos
fines de semana seguidos. ¿Qué nos hace comportarnos en forma tan superficial
casi todos los días de nuestra vida? ¿O es acaso que realmente somos tan
superficiales? Voy a intentar nuevamente el mensaje para la botella:
“A quien tuvo la suerte de encontrar esta botella. No creo que me conozcas, y
aunque nos hayamos visto varias veces, te aseguro que no me conoces. De todas
formas te pido el favor de entregarle este mensaje a alguna autoridad para que
me busquen en la isla de XX que está a NN kilómetros de la costa.
Gracias, XX el superficial”
No, tampoco envié ese mensaje. No valía la pena, porque ya estoy dejando mi
periodo de superficialidad atrás, para qué recordárselo a alguien que no me
conoce.
Hoy hice una escultura. Nunca creí que tuviera alguna capacidad artística, pero
el resultado me sorprendió. Me parece increíble cómo han bastado sólo unos días
alejado de las distracciones de nuestro mundo para descubrir habilidades que
nunca soñé tener. Coloqué la escultura a la entrada de mi choza para recordarme
los avances que estoy consiguiendo e impulsarme a seguir con estos
descubrimientos.
“Estimado lector casual de mensajes de botellas. Soy un náufrago en una isla,
pero me encuentro bien. De hecho este período me ha servido bastante y le
recomendaría a todos pasar por algo parecido antes que se les acabe el tiempo.
Por favor rescátenme en la Isla de XX, a NN kilómetros de la costa.
Algún día de septiembre del año NNNN”
No, este tampoco lo envié, no creo que a un ser superficial que se dedica a
recoger botellas en la playa le interese en consejo que le estoy dando. Lo van a
tomar a mal y seguro que no entregan la botella a nadie.
Hoy tuve un momento de duda. Durante una hora me aburrí y hasta deseé tener un
televisor para distraerme. Por un momento comprendí a Robinson, y jugué a
construir un televisor con hojas de palma. Cuando lo estaba terminando me di
cuenta que ese camino me podía llevar a la locura y lo destruí rápidamente. No
necesito volver a ese tipo de modernidades, ahora cuento conmigo y no necesito
nada que altere esta nueva vida que encontré. Después de todo, cuando la gente
desea vacaciones para distraerse piensan en una isla solitaria, sin energía
eléctrica ni comunicaciones. ¿Cuánto tiempo pude soportar esa gente en esos
lugares? Seguro que muy poco, y que además se llevan algunos libros para leer.
Otra vez no están satisfechos con lo que ellos son y no se soportan en la
intimidad.
No tengo a nadie a quien mostrarle mi escultura. Al principio eso me molestó, el
no poder recibir las alabanzas o críticas de otros o, en último lugar, compartir
con ellos el éxito de mi obra, pero luego me di cuenta de que no necesito el
reconocimiento de los demás. A mí me gustó el resultado, con eso me basta. Puedo
ser mi propio crítico de arte, después de todo las obras son sólo para mí.
Mientras me preparo para mis reflexiones nocturnas, pienso en lo feliz que soy.
De pronto escucho un sonido familiar a lo lejos, el motor de un avión. Corro
hacia la pila de madera, vierto la grasa animal y estoy a punto de encenderla.
No puedo hacerlo. Me imagino de vuelta en mi vida anterior y no puedo
encenderla. Me imagino de vuelta en los bares con mis amigos y no puedo hacerlo.
No concibo una vida como la que ahora he logrado viviendo en el mundo que antes
conocí. No creo ser capaz de escapar a las distracciones de ese mundo viviendo
dentro de él. Creo que el mundo civilizado tendrá que seguir existiendo sin mí.
“Estimado ser desafortunado y tan iluso que ni siquiera te das cuenta de tu
infortunio: Estoy en una isla ubicada a NN kilómetros de las costas y me quedé
sin cigarrillos. ¿Tendrías la amabilidad de enviarme un par de cajas?
Saludos, XX”
Lancé la botella con todas mis fuerzas, pero sin mucha esperanza. De todas
formas tenía pensado dejar de fumar.